Camila Díaz

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lunes, 31 de mayo de 2010

El tamborcito de Guanaqueros

La existencia de este pueblo dependía del respirar del oleaje y del pestañeo de la Luna.
A veces la luna se enojaba con la tierra y de ves en cuando se alejaba, pero otras caían en las fauces del amor, y abrazaba con gravedad al planeta. En estos ires y venires, los peces hacían revolución en sus nidos, algunos saltaban por sobre la marea, y otros simulaban estar dormidos.
Marineros y pescadores no sabían de este amor secreto, ellos maldecían a la tierra por sus bajas cosechas en el mar. los animales marinos hacían de mariposas, y el mar, de vientre. Guanaqueros caía en ruinas, mientras la luna no sabía si era amor o solo capricho.
En esta relación no había armonía, solo existía descontrol y lejanía, faltaba algún sonido que causara un entorno enternecedor. Entre maldición y lamentos, existía un alma pura y bella, que a pesar de todo se conservaba intacta, una pequeña niña que dibujaba el amanecer en los roqueríos de Guanaqueros.
Linda era una pequeña que poco entendía sobre amor y desamor, sobre crisis y estabilidad económica; ella encontraba paz en la falda de la costa, soñaba con poder navegar hacia el horizonte, con dejar abrazarse por las olas y sentirse amada.
El calvario se apoderaba cada vez más de este pueblo, no había comida ni agua, este juego entre la luna y la tierra, de amor y desamor, hacían frágiles a los hombres.
Linda ya no encontraba regocijo en sus padres, ellos solo discutían y maldecían al mar y a la tierra. El arte era el consuelo de esta pequeña, lloraba sobre las pocas raíces repartidas en la arena. No era suficiente dibujar, ella no temía a las tormentas, ya que creía que eran diferentes formas de amar, abrazos por doquier que incluso tocaban las nubes. El ruido de las olas golpeando su orilla de desconsuelo, para ella era música, el silbido del viento agudizaba el ruido grave del oleaje rompiéndose en la playa, Linda cerraba sus ojos y reconocía palabras emitidas. La tierra y el mar le daban señales, la luna y la tierra necesitaban volver a enamorarse, necesitaban melodías para su velada diaria, por primera ves Linda reconocía que no solo era cariño de parte del oleaje, sino que era la necesidad de algo armonioso, con esto linda pudo entender todo, y así mismo abrir los ojos al mundo. Entre su ropaje húmedo y salado había muchas algas, algunos palillos y piedras marinas, en la mente y corazón de linda se abrió un gran regocijo, y procedió a tejer algas en forma de tierra y luna, las unió con perfecta simetría dejando un espacio justo.
Así formo un tamborcito y con el mismo palillo tejedor separo al amor del desamor; creo la relación perfecta entre la tierra y la luna, puso dos trenzas de algas, una en el centro de la tierra y otra en el centro de la luna, simulando brazos que abrazan, en un momento de extrema felicidad produjo el sonido mas hermoso del universo y el de dos enamorados bailando al sonido de un tambor de Guanaqueros.
Es así como todo volvió a la normalidad, los peces se calmaron, y los pescadores vieron la luz de la esperanza. Volvió la paz y el amor familiar, ya no había crisis.
Finalmente Linda pudo escuchar lo que otros no, a la naturaleza pidiéndonos a gritos un poco de armonía y música para poder sentirse mas enamorado de la bella luna

1 comentario:

  1. Camila:

    Recuerdo este cuento y lo encuentro precioso, lleno de poesia y mucho contenido profundo de sensaciones y vacios. Me faltó eso si ver el instrumento...¿qué pasó con la foto?

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